viernes, 16 de marzo de 2012

TRES POEMAS DE GABRIELA MISTRAL

Aquí la poesía todavía cantaba, estaba a punto de salir volando del papel y repartirse por el mundo como el pan de cada día. Gabriela Mistral, una maestra que bebió de la tradición más honesta y más hermosa de todas: la poesía popular, la tradición oral de la poesía. Aquí se dice poco y se canta casi todo. Porque más que lo que se dice importa cómo se dice. Y se dice usando de las artes poéticas, con sus ritmos y sus juegos sintácticos. Aquí la poeta era aún una mediadora entre lo que el lenguaje nos puede llevar a descubrir en el terreno de la emoción y de la lógica (confundidos) y la gente. Aquí la poesía todavía estaba viva.
¡Salud y larga memoria,  hermosísima Gabriela Mistral!


Aprovechando que se acerca la Semana Santa, incluyo en este recordatorio un poema de su primer libro, Desolación, que lleva por título Al oído del Cristo. El poema lo constituyen tres sonetos, cuyos cuartetos tienen la rima cruzada, es decir, son los llamados serventesios.

AL OÍDO DEL CRISTO
                                     I
¡Cristo, el de las carnes en gajos abiertas;
Cristo, el de las venas vaciadas en ríos:
estas pobres gentes del siglo están muertas
de una laxitud, de un miedo, de un frío!

A la cabecera de sus lechos eres,
si te tienen, forma demasiado cruenta,
sin esas blanduras que aman las mujeres
y con esas marcas de vida violenta.

No te escupirían por creerte loco,
no fueran capaces de amarte tampoco
así, con sus ímpetus laxos y marchitos.

Porque como Lázaro ya hieden, ya hieden,
por no disgregarse, mejor no se mueven.
¡Ni el amor ni el odio les arrancan gritos!

                                     II
Aman la elegancia de gesto y color,
y en la crispadura tuya del madero,
en tu sudar sangre, tu último temblor
y el resplandor cárdeno del Calvario entero,


les parece que hay exageración 
y plebeyo gusto; el que Tú lloraras
y tuvieras sed y tribulación,
no cuaja en sus ojos dos lágrimas claras.
 

Tienen ojo opaco de infecunda yesca,
sin virtud de llanto, que limpia y refresca;
tienen una boca de suelto botón


mojada en lascivia, ni firme ni roja,
¡y como de fines de otoño, así floja
e impura, la poma de su corazón!


                                    III
¡Oh, Cristo!, el dolor les vuelva a hacer viva 
l'alma que les diste y que se ha dormido,
que se la devuelva honda y sensitiva,
casa de amargura, pasión y alarido.


¡Garfios, hierros, zarpas, que sus carnes hiendan
tal como se parten frutos y gavillas;
llamas que a su gajo caduco se prendan,
llamas como argollas y como cuchillas!


¡Llanto, llanto de calientes raudales
renueve los ojos de turbios cristales
y les vuelva el viejo fuego del mirar!


¡Retóñalos desde las entrañas, Cristo!
Si ya es imposible, si tú bien lo has visto,
si son paja de eras...¡desciende a aventar!




Y de la pasión política (sí, política) a otra pasión. Con este poema magnífico celebraba Gabriela un día entre los días. Pertenece a Tala.




DÍA
Día, día del encontrarnos,
tiempo llamado Epifanía.
Día tan fuerte que llegó
color tuétano y ardentía,
sin frenesí sobre los pulsos
que eran tumulto y agonía,
tan tranquilo como las leches
de las vacadas con esquilas.

Día nuestro, por qué camino,
bulto sin pies, se allegaría,
que no supimos, que no velamos,
que cosa alguna lo decía,
que no silbamos a los cerros
y él sin pisada se venía.


Parecían todos iguales,
y de pronto maduró un Día.
Era lo mismo que los otros,
como son cañas y son olivas,
y a ninguno de sus hermanos,
como José, se parecía.


Le sonriamos sobre los otros.
Tenga talla sobre los días,
como es el buey de grande alzada
y es el carro de las gavillas.


Lo bendigan las estaciones,
Nortes y Sures lo bendigan,
y su padre, el año, lo escoja
y lo haga mástil de la vida.


No es un río ni es un país,
ni es un metal: se llama un Día.
Entre los días de las grúas,
de las jarcias y de las trillas,
entre aparejos y faenas,
nadie lo nombra ni lo mira.


Lo bailemos y lo digamos
por galardón de Quien lo haría,
por gratitud de suelo y aire,
por su regato de agua viva.
antes que caiga como pavesa
y como cal que molerían
y se vuelquen hacia lo eterno
sus especies de maravilla.


¡Lo cosamos en nuestra carne,
en el pecho y en las rodillas,
y nuestras manos lo repasen,
y nuestros ojos lo distingan,
y nos relumbre por la noche
y nos conforte por el día,
como el cáñamo de las velas
y las puntadas de las heridas!




Por último, este otro de Lagar:


LA HUELLA
Del hombre fugitivo
sólo tengo la huella,
el peso de su cuerpo
y el viento que lo lleva.
Ni señales ni nombre,
ni el país ni la aldea;
solamente la concha
húmeda de su huella;
solamente esta sílaba
que recogió la arena
¡y la Tierra-Verónica
que me lo balbucea!

Solamente la angustia
que apura su carrera;
los pulsos que lo rompen,
el soplo que jadea,
el sudor que lo luce
la encía con dentera
¡y el viento seco y duro
que el lomo le golpea!

Y el espinal que salta,
la marisma que vuela,
la mata que lo esconde,
y el sol que lo confiesa,
la duna que lo ayuda,
la otra que lo entrega,
¡y el pino que lo tumba,
y Dios que lo endereza!

¡Y su hija, la sangre,
que tras él lo vocea:
la huella, Dios mío,
la pintada huella;
el grito sin boca,
la huella, la huella!


Su señal la coman
las santas arenas.
Su huella tápenla
los perros de niebla.
Le tome de un salto 
la noche que llega
su marca de hombre
dulce y tremenda.


Yo veo, yo cuento
las dos mil huellas.
¡Voy corriendo, corriendo
la vieja Tierra,
rompiendo con la mía
su pobre huella!
¡O me paro y la borran
mis locas trenzas,
o de bruces mi boca
lame la huella!


Pero la Tierra blanca
se vuelve eterna;
se alarga inacabable
igual que la cadena;
se estira en una cobra
que el Dios Santo no quiebra
¡y sigue hasta el término
del mundo la huella!